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El Viaje Interior

Hacia la Plenitud de Vida -

La Alquimia de las Heridas


En la vida todo tiene un significado, un porqué, aunque en el momento no lo podamos entender.


La existencia se entrelaza entre luces y sombras, dejando en nosotros huellas, tanto visibles como invisibles. Mientras, el cuerpo se transforma en el receptor de nuestras heridas emocionales.


Las heridas físicas son fáciles de identificar con claridad, y también nos pueden indicar desde dónde se pudieron gestar. Algunas dolencias físicas nos guían hacia la semilla de la herida emocional que la afectó y, nos indican la necesidad de sanarlas.


Pero en lo más hondo del Ser, yacen algunas cicatrices, silenciosas pero muy profundas. Las heridas del Alma y las emociones. Estas requieren una atención más sutil, una escucha sagrada.


Gran parte de la angustia que sentimos en el presente no nace del ahora. Es un eco, la resonancia de un tiempo en el que fuimos vulnerables en la infancia. Es en ese momento donde estamos más permeables a todo tipo de sensaciones, al abrigo o al desamparo, al amor o al desamor, a la presencia o al vacío, al apoyo o a la crítica. Todo esto estructuró y forjó los cimientos de nuestras experiencias más fundamentales de vida, la felicidad y también el dolor.


Los lindos recuerdos a veces tapan otros que no deseamos revivir, por el dolor que causan. Pero es importante identificar, entender, procesar y liberar todo aquello vivido y sufrido.

El rechazo, el abandono o la injusticia, plantaron semillas que, con los años, permanecen en las sombras del adulto que somos, activando situaciones-reflejo como miedos, inseguridades y reacciones impulsivas, alejándonos de nuestra paz esencial.


Nuestras heridas no son el mapa ancestral de nuestra supervivencia. Son oportunidades evolutivas y necesarias para nuestra alquimia sagrada de vida.


Se trata de superar a nuestras propias limitantes atrapadas en un bucle de heridas guardadas; las máscaras que presentamos al mundo: la que trata de agradar, la del estructurado perfeccionista, la del controlador incansable, del dependiente ansioso... no son defectos de carácter. Son las estrategias ingeniosas que nuestro yo más joven creó para protegerse, para asegurar que no volveríamos a sufrir igual.


Creamos nuestro mundo. Si da resultado genial, pero si sientes que no te está dando resultado, es importante encontrar las respuestas que en lo profundo de tu Ser y sentir están.


El Despertar del Sanador Interno


La madurez nos trae una revelación crucial. Aunque el pasado explique el origen de la herida, no tiene por qué dictar el futuro de nuestro Ser.


Si en la niñez fuimos receptores pasivos, la adultez nos concede la soberanía y la responsabilidad de convertirnos en nuestros propios sanadores.


El primer acto de liberación es soltar la esperanza de que algo o alguien externo nos salve del mundo o de quien nos lastimó, venga a reparar lo que se quebró.


La verdadera sanación es un viaje hacia dentro, aceptar que el dolor nos sucedió, sin permitir que se convierta en nuestra única identidad. Se trata de perdonar, comprender y soltar, iluminar esos rincones guardados en la memoria más profunda de nuestra entrada en esta vida.


Este es el sagrado proceso evolutivo, ofrecernos a nosotros mismos la validación, el consuelo y el amor incondicional que quizás no recibimos. Amar profundamente todo lo que existe, toda expresión física de la existencia.


Hay muerte porque hay vida, hay desamor porque hay amor... todo existe para que se reconozca su opuesto y se disuelve. Somos un breve pasaje físico en la eternidad del universo.


Ser conscientes de nuestra existencia y nuestra energía, es la alquimia paciente de una experiencia de vida con sentido. Se trata de avanzar en completud, seguros y fuertes, comprendiendo y protegiendo al niño herido que aún vive en nuestro centro. Avanzando en este presente con claridad, enfoque y apertura.


Este es el propósito luminoso de la herida. Aunque en algún momento no lo podamos entender, las heridas tienen un desafío mayor. Cuando nos atrevemos a identificar y abrazar nuestro dolor, la herida se transforma, deja de ser una gran carga para convertirse en un portal hacia nuestro crecimiento más profundo. El lugar que más dolió se revela, con frecuencia, como la fuente de nuestro mayor potencial luminoso.


Quien fue marcado por el rechazo y logra sanar, cultiva una aceptación profunda y radical de sí mismo. Quien conoció la frialdad del abandono y se recupera, descubre una autonomía poderosa y una seguridad que nace de su interior.


Sanar es un acto de consciencia que trasciende lo emocional, sana el cuerpo, y nuestra alma. Nuestras relaciones se armonizan, transformándose en vínculos de crecimiento mutuo y reflejo, no en estrategias de evasión o necesidad.


Reconocer y honrar nuestras heridas es buscar activamente cicatrizarlas adecuadamente, cultivando la paz que anhelamos.


La sanación es el combustible que nos impulsa hacia la autenticidad. Nos permite vivir en una libertad emocional que no es la ausencia de dolor, sino la capacidad de elegir nuestra respuesta, dejando de ser esclavos del eco de una herida antigua.


El poder de crear una vida plena reside hoy en nuestras manos. El viaje comienza al reconocer nuestras emociones, expresarlas y armonizarlas. Esta es la gran alquimia para encontrar la plenitud de nuestras vidas.



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Mensaje canalizado por Julio César Singlan desde Seres de luz que iluminan nuestro camino. Editado por Amor Completo. www.iluminandoelcamino.com

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